Saliendo de casa para el trabajo esta mañana, me encuentro a la puerta con un hombre maduro sentado en una banqueta plegable, casco en la cabeza del que se escapan unos escasos cabellos canos, pala al lado; al principio he pensado que había obras y que el hombre estaba descansando un poco, luego me fijo que mira hacia abajo y sostiene con ambas manos un cartel, leo y es una reclamación para que la empresa constructora, que tiene su sede en el entresuelo de mi edificio, le pague lo que le debe...

Me he visto transportada a otra época de mi vida, hace ya muchos años, cuando mi padre, después de más de 40 trabajando en la misma empresa y con más de 57, sufrió una suspensión de pagos que le llevó a estar durante 4 años en la puerta de su antiguo trabajo, reclamando lo que por derecho se le debía. Fueron tiempos de angustia para toda la familia, de esfuerzos, de tristeza, de un cambio perceptible de humor en una de las personas más encantadoras que he conocido y del que nunca más se recuperó, aunque ahora, transcurridos ya más de 20 años, sigue siendo el hombre plácido y sereno que siempre fue.

Esta mañana no hay imágenes que reflejen la angustia de una persona que sufre la incertidumbre de un futuro más que negro, hoy solo quiero dejar unas palabras que rindan homenaje a los que luchan por la supervivencia en esta sociedad de arenas movedizas