Con cierto arrebato llegan nuestras verdaderas vacaciones, es el 1 de agosto y nos disponemos a zarpar, grandilocuente palabra para un pequeño barco, en nuestro velerillo. Si, antes decía que no me gusta la playa en verano, pero no puedo renunciar al mar, eso es algo que vengo haciendo desde la semana siguiente a mi nacimiento.
Cualquiera que lea esto sin conocernos pensará en el snobismo de un par de pijos, nada más lejos, os lo aseguro, en primer lugar por ser una propiedad compartida, quince días ellos y quince nosotros, que hasta ahora ha sido muy rentable, después porque son las vacaciones marineras posiblemente más espartanas y económicas que se puedan disfrutar, para mí las más divertidas, algo así como un viaje en roulotte pero sustituyendo la tierra por el agua. Todos los años, desde hace cuatro más o menos, durante unos días reducimos nuestro espacio a unos muy pocos metros sólidos y toda la inmensidad que la vista alcanza de líquido elemento, una maravilla.
Calblanque
Es chocante la cara de extrañeza de los que sistemáticamente nos preguntan “Y ¿hasta dónde llegáis?”, como si fuera lo importante recorrer muchas millas y visitar esos nombres comunes que tanto suenan de la costa mediterránea, cuando les contestamos “No vamos lejos, siempre costeando por aquí. Entre Altea y Águilas. Nos gusta aprovechar los vientos, dejarnos llevar y disfrutar de los pequeños rincones”. Lo sé, puede que no parezca una gran aventura, pero para nosotros siempre resulta excitante, apasionante, gratificante. El barco es en sí mismo una aventura, ya tiene veinte años y mucha matraca encima, nosotros somos sus cuartos propietarios y, sin ninguna duda, los que más caña le hemos dado, por lo que siempre habrá algo que se rompa o falle durante esos días. Es una nave un tanto ascética en cuanto a comodidad, siempre me sorprendo pensando con que poquísimo podemos vivir, un mínimo habitáculo para dormir y guardar las cuatro ropas de la travesía, incluidos bañadores, que es el uniforme habitual, una mínima zona de estar-cocina, que prácticamente no es utilizada (me da miedo encender el fuego de la hornilla y estar dentro de ese espacio teniendo el aire libre es absurdo), un aseo de 1 X 1 m. donde lavabo-ducha e incómodo retrete puede salvarte de algún apuro, pero no sirve para leer el periódico, os aseguro, y un espacio abierto en popa que es donde prácticamente vivimos, lo que sería para los urbanitas una magnífica terraza con vistas. Yo le llamo el “barco sandwichero”, en alusión al ya tradicional menú de mediodía y ¿para qué más?.
A pesar de lo escueto y poco glamuroso de nuestro barquito nos gusta recibir visitas, aprovechamos para llamar a los amigos y que nos acompañen en una de las jornadas, aunque reconozco que esto de navegar a vela no es cosa que le guste a todo el mundo, por lo que ya estamos teniendo algunos desertores que muy finamente declinan la invitación, no nos enfadamos, yo entiendo que el mareo es algo muy desagradable y que estar en algunos momentos con la tensión de los virajes, el peligro de un botavarazo en la cabeza o tener que recoger a toda prisa cabos en una trasluchada no es para todos motivo de diversión, para nosotros sí y por eso lo hacemos, pero seguiremos encantados de recibir a quien le apetezca un rato de mar y solo mar, sin ruidos ni grandes velocidades.
Cabo Tiñoso en el horizonte
La travesía tiene especialmente el aliciente del paisaje, que desde Cabo de Palos al inicio de la costa almeriense es una auténtica maravilla, supongo que bajando un poco hacia el sur también lo será, pero eso todavía no lo he probado. Después de varios intentos de descubrir los encantos de nuestro cercano norte alicantino, sin llegar a encontrarlos, hemos desistido y volvemos una y otra vez a recorrer la áspera y maravillosa costa de la cercana Cartagena, incluidas sus peculiares parajes como la Algameca Chica, el Gorguel y esas calas solo accesibles desde el mar, o la de la amplia Bahía de Mazarrón hasta llegar, pasando las preciosas calitas aguileñas, hasta San Juan de los Terreros. Un fondeo de vez en cuando, buscando algún rincón a sotavento donde el mar este calmo, un bañito en aguas cristalinas y profundas, una siesta a la sombra o un ratico de lectura, levantando de vez en cuando la vista para disfrutar del entorno, y a seguir navegando lentamente hasta el puerto donde pasaremos la noche. Algunas veces hemos tenido la suerte de los fortuitos encuentros, el año pasado fueron abundantes, grupos de peces voladores, que mejor se podrían llamar danzantes, que parecían andar de puntillas en círculos sobre la superficie marina, algún pequeño pez espada que brincó ante nosotros y, lo más entrañable, un largo rato en compañía de un par de delfines mulares empeñados en jugar con la proa, en un a modo de corre corre que te pillo que no hubiera querido que terminara.
La Algameca Chica.
Este año, tristemente, no ha habido esos encuentros, únicamente un día, fondeados al amparo del imponente faro de Cabo de Palos, dimos de comer a unos voraces y preciosos pececillos de color azul, cuyo nombre desconozco, que acudían como palomas en un parque. La travesía también fue un poco más corta de lo previsto en principio, pertinaces y muy puñeteros vientos del sur nos impedían avanzar y, teniendo en cuenta nuestra tartana náutica, tampoco es cuestión de desafiar a los elementos, por lo que nos acomodamos en Cartagena, por cierto un tanto desmejorada con esto de la crisis, como si hubiera vuelto a tan siquiera hace unos años, cuando la zona del puerto languidecía en mortal aburrimiento, y desde allí salíamos cada día a la búsqueda de un rincón donde poder pasar el día.
En mi cada vez más ascética vida náutica este año ni tan siquiera me acorde de llevarme la cámara de fotos, da igual, esos vientos saharianos opacaban los contornos costeros y los enturbiaban con sus arenas en suspensión, pero de botón de muestra unas imágenes del pasado año, también cerca y tan felices, oiga.
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->